La maldad se presenta bella, una seductora y atractiva figura, tentándonos a jugar con ella. A veces somos nosotros quienes elegimos el juego, otras veces es ella quien nos escoge. Sin embargo, una vez que nos familiarizamos con ella, cuando ya nos ha envuelto en sus suaves y tiernos brazos, nos damos cuenta que hemos descubierto su secreto... su ansia por manifestarse en el mundo, su deseo de volverse real. En ese mismo instante nuestros ojos por fin ven y descubrimos a la más hermosa de todas, a la princesa de la cual hablaban los antiguos cuentos de hadas, logramos conocer a la verdad. Entendemos que la belleza de la maldad es superficial y que su único deseo era manipularnos.
¡Oh, gente buena! La maldad debe ser condenada a la irrealidad. Podemos jugar con ella todo lo que queramos, pero nunca debemos caer en sus brazos y hacerla real. Somos los únicos que, como dioses, tenemos el poder de traerla al mundo y no lo vemos.
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